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Piscina de un hotel con tumbonas alineadas

Campañas de hotel ·

Cuando el eslogan no cabe en el mostrador

En la última oleada de campañas de primavera, el viajero español ha visto habitaciones bañadas en luz de última hora y un lema que habla de pausa. El contraste aparece en cuanto se baja al vestíbulo: colas de llegada, llaves que no activan el ascensor y un desayuno que cierra a las diez porque el turno de cocina no da para más.

Hemos contrastado tres campañas de cadenas con presencia en Andalucía y la Comunidad Valenciana. En las tres, el departamento de marketing encargó el rodaje a una productora ajena al hotel. El director de establecimiento no vio el corte final hasta el día del estreno en televisión autonómica. Nadie había avisado a recepción de que el anuncio prometía un late check-out que solo se concede, en la práctica, si la ocupación de esa noche baja del setenta por ciento.

No se trata de acusar a la creativa. El problema es de encaje entre el mensaje al viajero y la operación diaria. Un eslogan puede vivir en un cartel de autobús; no puede contradecir lo que el recepcionista está autorizado a ofrecer. Cuando lo hace, la campaña se convierte en una queja en el mostrador y el hotel pierde la conversación que había pagado.

La lectura útil para destinos y para grupos hoteleros es simple y poco glamurosa: antes de firmar el plan de medios, alguien de operaciones tiene que sentarse con el brief y marcar qué frases no se pueden decir. Esa reunión dura una hora. Evita tres semanas de correos después del primer fin de semana de ocupación alta.

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